domingo, 10 de octubre de 2010

La trivialidad de la vida


Nos cubría un gran manto de estrellas esa noche o, había un montón de estrellas en el cielo y las malditas luces de la ciudad no lo estropeaban, pero el calor, los moscos, los grillos, todo eso lo arruinaba, la luna parecía de película, y el atardecer, también.

En verdad. Había una luna enorme por el este, y un atardecer violeta, naranja, rojo por el oeste, en algún lugar de la ciudad un patético borracho le había dado cran a un transformador y dejó a oscuras la ciudad, tenía sus ventajas, por la luna, las estrellas y el atardecer, todos juntos, pocas veces vistos así.

Pero me he vuelto tan citadina, tan comodina que prefería estar dentro de casa bajo el frescor del aire acondicionado, sería tan fácil si estos de la luz no fueran tan lentos. Y no es que no me gusten esos espectáculos naturales, no, claro que me gustan, pero esos malditos cuarenta y tantos grados a esa hora, son infernales, no se puede respirar igual, no se puede sentir igual.

Pero esto viene a colación porque me pregunto dónde quedaron el disfrute de las noches acaloradas, el disfrute de esas maravillas naturales, por qué tenerle miedo, tirria a esos animalillos que siempre han existido, por qué antes convivía con ellos, jugaba con ellos, ya no existe la trivialidad de las cosas, ¿qué ha sido de ellas? No lo se.

Me propongo rescatar la simplicidad de la vida.

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